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Una Masacre que no fue tragedia

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La Plata - Sábado 10 de febrero

 

Después de 12 años se llegó a una condena. Y la condena dice “el Estado es responsable”. Tendremos que esperar para saber la calificación (y volveremos sobre esto) pero sin dudas lo que el Tribunal dijo es que “La masacre de Magdalena” no fue un accidente, no fue un suicidio colectivo ni consecuencia de las acciones de las víctimas.

Para los organismos de Derechos Humanos como el CIAJ, este fallo significó también que no fue en vano la larga lucha por revertir las decisiones que distintos actores judiciales fueron tomando en el expediente. No fue en vano pelear el sobreseimiento dictado en el 2010 sobre 15 agentes, pues de lo contrario hoy no tendríamos la condena sobre Fernández, jefe del penal y Montes de Oca, responsable de la apertura de la puerta. Sin este juicio tampoco hubiésemos logrado que se desarchive las causa por las responsabilidades políticas. Por eso creemos que el fallo afirma nuevamente que la masacre no fue tragedia.

Un fuego que no se extingue

Pero también, como veníamos diciendo, el fuego de Magdalena no se extingue. Paola, familiar de una de las víctimas que representa el CIAJ rememoraba con nosotros el fuego que dos años después de Magdalena se llevó la vida de otras 35 personas en el incendio del Penal de Varones de Santiago del Estero, donde ella vive. Y el 2 de marzo del año pasado, siete jóvenes detenidos en la Comisaría 1era de Pergamino fueron abandonados en el mismo fuego.

La absolución de 14 agentes del servicio penitenciario es un alerta que tenemos que escuchar. “Esta es la Justicia” gritaban un grupo de mujeres envueltas en una campera con la inscripción “Madres de los pañuelos azules. Derechos Humanos para todos”. Sabemos los tiempos que corren, bajo la égida de un gobierno que entiende que las fuerzas de seguridad no tienen que rendir cuentas ante la justicia, que se puede disparar por la espalda primero, preguntar después, avisar a un juez si toca el día: ¿qué mínimo de dignidad podemos pedir para aquellos que se encuentran en las unidades penitenciarias del país?; ¿condiciones dignas? La justicia parece decir piedad es demasiado.

Obsceno

Un clima de obscenidad apoteótica se fue creando alrededor de la Sala A de los Tribunales penales de la Ciudad de La Plata desde unas horas antes a la sentencia.

Durante las audiencias iba quedando en claro que ese aparente abandono en que el Servicio había dejado a los agentes no era tal: desde los viejos ardides del servicio como retacear los traslados de imputados y testigos para demorar las audiencias, hasta lisa y llanamente recurrir a las amenazas a testigos que aún permanecen detenidos. El día de la sentencia la corporación del SPB se materializó, ocupó la sala, festejó a los gritos, arrojó yerba, huevo y demás elementos sobre los -hasta ese momento- reos como si fuese una recibida de fin de curso. Pero claro, a las recibidas uno va preparado porque conoce el resultado de antemano, pues parece que acá también iban con el guiñe del profesor. Como sea, la imagen fue deleznable: ¿qué festeja alguien que ante el fuego abandona cobardemente a 33 personas en un infierno y corre a encerrarse en una guardia, cerrando la única puerta de manera inexpugnable? Insistimos, sea cual sea la calificación penal, esos actos quedaron demostrados en el proceso, la cobardía y el sálvese quien pueda con que el Estado y estos agentes en particular, tratan a la población.

Sin duda: entre penitenciarios también hay redes vinculares, afectos solidarios subyacentes que construyen “un nosotros o ellos” que siempre es antagónico, formas de organización bastante aprehendidas de las experiencias nuestras con su obvio trastoque. No es una usurpación el uso de “los pañuelos azules” sino un claro intento de vacuidad y banalización de un sentido y construcción históricos. Es claro, también ellos son pueblo, se casan, se llaman “compañeros”, se vinculan y acceden con sueldos bajos al exiguo consumo haciendo el trabajo sucio del Estado. Éste es el gran éxito de nuestro sistema: haber comprometido -no integrado- a sectores del pueblo con un régimen de violencia afincado en prácticas y rutinas de muerte. Este compromiso se alcanza al incluirlos en el aparato represivo y obligarlos a perseguir, vigilar, castigar y maltratar a sus iguales. Pero ¿qué defienden?; ¿con qué cara se festeja esto delante de los familiares de esas víctimas a quienes incluso un fallo condenatorio no les restituía un ápice de sus familiares?; ¿cómo se atreven a festejar delante de Gisella, quien fue reprimida a palos esa mañana en la puerta del penal intentando saber algo de la vida de Abel, y que hoy estaba más preocupada por los 90 pibes que dejó sin merienda en la copa de leche que sostiene en su casa?; ¿qué feliz se puede ser delante de Ludmila que perdió a su padre cuando tenía 5 años y que hoy con 17 aún no sabe qué pasó con él?;  ¿no es acaso el festejo por la consagración social de la impunidad?; ¿qué decir a Rufina que se pasó 12 años luchando por Justicia y que hoy afirma contundentemente: “Siento que esto es una ayuda para que algo así vuelva a suceder”?